Su esposo la llevó a los brazos de su Dios

Cortesía: www.macromuseo.org.ar
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Bárbara había dedicado su vida entera para servir a Dios. Era una mujer de hogar, le gustaba atender a su familia, no bebía, no fumaba, no usaba pantalones y siempre cubría sus palabras de sabiduría y fe. Daba gracias a Dios todos los días por la vida y cada mañana oraba hasta por la paz mundial.

Carlos, su marido, era todo lo contrario, bebía aguardiente todos los días, fumaba mucho, utilizaba drogas de vez en cuando y no le gustaba trabajar. Así de diferentes, pasaron juntos más de veinte años entre golpes y gritos hacia Bárbara, que lo aguantaba todo porque el obedecer al marido está escrito en las reglas de la Biblia.

De ese “amor” nacieron dos hijos: Raquel y Moisés, colaboradores con el trabajo de su madre, buenos estudiantes y excelentes hijos.

Todos los fines de semana ya era de costumbre que Bárbara horneara pasteles para sostenerse económicamente, mientras su marido se sumergía entre trago y trago. Pero ese fin de semana fue excepcional e inolvidable para todo el pueblo.

Por la mañana del sábado se les vió muy feliz a la pequeña familia,

Cortesía: www.aleteia.org
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compartieron un almuerzo y todos estaban felices sin saber la causa de la celebración.

Carlos miraba fijamente a su esposa e hijos y susurró: “¡a partir de hoy, todo será diferente!”

A partir de ese día todo sería distinto para aquella familia y para el resto de la comunidad de no más de 100 casas, cada una a trescientos metros de la otra, con escasos servicios públicos y carreteras sin asfaltar. Nadie molestaba a nadie, excepto para lo necesario; vecinos poco sociales y practicantes de la misma religión que Bárbara.

¿Vecino, qué hace por ahí, y eso que anda bueno y sano? dijo el hombre al que siempre conoció como vecino.

– Bueno vecino, présteme el esmeril que se lo voy a pasar al machete para luego matar un animal- dijo Carlos.

Carlos explicó a su vecino que iba a matar un cerdo, pero que la carne no era para comer.

– ¡Ah broma, si se decide a vender carne, me avisa!

Las horas pasaron, llegaba una tarde de las más oscuras que se recuerda en la comunidad. Carlos fue hasta su casa donde estába Bárbara, rezando.

¿Donde están los muchachos? Preguntó Carlos a Barbará, interrumpiendo su oración.

– Se fueron a casa de mi hermano a quedarse por esta noche, ¿y ese machete?

– ¡Nada, no es para nada!- replicó Carlos.

Ella, sin sospechar nada, hizo caso omiso a su esposo y se fue a dormir. La noche fue silenciosa y nadie escuchó nada; ni gritos, ni golpes, no escucharon ni vieron a nadie correr. El ambiente se sentía tenso y la luna no se dejo ver. Llovió toda la noche.

La noche anterior cuando ella hizo caso omiso al arma que Carlos traía en la mano, se dispuso a ir hasta su habitación para descansar.

El hombre, pasado de drogas, la siguió, entró a la habitación, la tomó

Cortesía: www.cinemaldito.com
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por la fuerza y la desnudó. Ella gritaba e intentaba correr, pero él no la dejó. Esa noche abusó de ella. Ella se resignó y no quiso forcejear. No tenían relaciones desde hacía mucho tiempo. Ella le había perdido cierto amor porque él usaba psicotrópicos cada vez con más frecuencia y a eso, su Dios, no lo veía con buenos ojos.

Entre llanto y llanto aquel hombre en solo horas pasó de ser un marido con problemas, a agresor absoluto. Ella se quedó dormida pensando en que aquello solo fue producto de un hombre que cubría una necesidad, de sexo quizá, o de hacer daño, tal vez.

Mientras ella dormía el tomó aquella arma afilada y primero cortó sus manos, la mujer indefensa lanzó miles de gritos al aire pero nadie la podía oír, afuera llovía sin parar. Aún con sus manos cortadas trató de correr, pero fue imposible. Estaba amarrada de su cuello al pie de la cama.

Carlos había preparado todo. Sin una gota de amor por ella, procedió a causar heridas mortales. Unas más letales y más profundas que otras. Agonizando y ya sin fuerzas solo suplicó a Jehová por el perdón  de quien una vez fue su compañero y ahora se convertía en su asesino.

La mañana siguiente, cuando lo niños llegaron a casa, corrieron hasta su madre pero ya nada se podía hacer. Ni llamar a la ambulancia, porque se sabían que ya estaba muerta. Ni llamar a la policía, porque de seguro el agresor ya estaba lejos. Solo corrieron y dieron gritos de horror. ¡Mi mamá, mi mamá, ese fue mi papá!

Cortesía: av.celarg.org.ve
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Los vecinos, al escuchar esto, salieron a la casa donde había ocurrido la desgracia y ahí estaba ella, desnuda y muerta. El amor la había matado.

Se pudo conocer que el asesino fue su esposo porque en medio de su borrachera había recogido todas sus cosas y se marchó antes del amanecer. Solo dejó sobre la cama el arma ensangrentada. Nadie sabe a dónde fue, ni porqué reaccionó de esa manera contra aquella mujer de hogar, tan sumisa y servicial. Nadie sabe y nadie lo sabrá.

Carlos pasó tres años huyendo de estado en estado hasta que una noche de operativos fue arrestado en la ciudad de Caracas, llevado hasta el estado Zulia y puesto en juicio donde fue condenado a más de veinte años en prisión. En la cárcel de Sabaneta sufrió un atentado pero no murió, se quedó sin un brazo y con algunas cicatrices. Lo trasladaron hasta la PGV, (Penitenciaria General de Venezuela) en San Juan de los Morros, y ahí le hicieron lo que en este país se denomina “ojo por ojo, diente por diente”.

Le propinaron más de 80 heridas en el pecho. Miles de punzadas alrededor del cuerpo y nadie encontró ni su miembro masculino, ni su cabeza. No hubo familiares para reclamar el resto del cuerpo. Ninguno de los reclusos comentó nada y nadie supo quien lo mató.

La justicia por fin le llegó a Carlos. En las cárceles de Venezuela, cuando un interno llega de la calle, los reclusos que están dentro de los penales ya saben de dónde, cómo, y por qué está ahí dentro. Se dice que la violencia no se resuelve con más violencia, pero queda claro que para algunos es la única opción.

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